Tulebras

“Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres”


Jesús relativizó la alegría de los discípulos cuando ellos pudieron expulsar un demonio. Para Jesús no se puede cifrar tanta alegría humana en un hecho episódico como ése. Los motivos de la alegría humana, de la gran alegría, se encuentran en otro lugar mucho más impresionante, se encuentran en el mismo Creador que ama al ser humano. Jesús centra su atención en lo decididamente último y rectifica las apreciaciones y valoraciones de la mente humana cuando dice a sus discípulos en esta ocasión: “No os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos” (Lc 10,20).

Es el amor de Dios, que tiene tatuados los nombres de los discípulos en su propia divinidad, lo que debe colmar de alegría al creyente, y hacerle caminar feliz por la vida. Ésta es la raíz de todas las demás alegrías. Aquí se ha llegado en un momento hasta el confín del misterio. La mente no puede descubrir otras razones que las dichas en estos versos. El “nombre”, los “nombres”, son un semitismo para indicar las personas en su particularidad. El “estar escrito” es una forma pasiva reverente del estilo de Jesús que exige como sujeto agente a Dios mismo. “Cielos” es una perífrasis de Dios, un rodeo reverencial para describir la divinidad sin nombrarla. En el paralelismo antitético queda definida la acción de Dios que introduce al discípulo hecho tatuaje en su propia divinidad, impreso en ella.

José Luis Espinel
(La poesía de Jesús, ed. San Esteban, Salamanca, 1986, pág. 247-248)



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