Tulebras

VIDA MONÁSTICA

Lago del Monasterio

Origen

En el siglo III  algunos hombres y mujeres dejaron cuanto tenían y se retiraron al desierto. Nace, aunque ellos no fueran conscientes de ello, el monacato cristiano. El monacato no es un fenómeno exclusivo del cristianismo, en todas las grandes religiones como en los movimientos filosóficos han existido monjes, hombres y mujeres que concentran toda su existencia para lograr el encuentro con el Trascendente y la unificación interior; para ello se retiran y adoptan un tipo de vida austera. Este anhelo de unidad y trascendencia está inscrito en lo profundo de todo ser humano; todos, monjes o no, intentamos dar cauce a este caudal de vida que llevamos dentro.

El cristianismo da un contenido nuevo al monacato: el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo. San Antonio en el siglo III escuchó una Palabra: “Ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y después ven y sígueme” (Mt 19,21). Así hizo. Y se retiró al desierto. En la desnudez del desierto el ser humano se encuentra inexorablemente consigo mismo, con la realidad de lo que es  y no con lo que querría ser; es el lugar de la tentación, de la prueba, donde caen las falsas imágenes de Dios y donde se da el encuentro con el Dios vivo y verdadero. “¿Quieres conocer a Dios? Conócete a ti mismo” afirmaba Evagrio Póntico, monje del s. IV. Padres y Madres del desierto fueron profundos conocedores del corazón humano y de Dios que habita en él. Vivieron sólo para Dios y encontraron su vida llena de sentido, se retiraron al desierto y se sintieron en plena comunión con todos los hombres. Pronto, hasta estos monjes y monjas, se fueron acercando personas que querían conocer a Dios y/o necesitaban una palabra de vida. En los comienzos el monacato fue eremítico, es decir, cada monje vivía solo.

La vida monástica en comunidad, cenobítica, surge a comienzos del siglo IV. Se considera a san Pacomio como el padre y fundador del monacato cenobítico. María, su hermana, también abrazó la vida monástica y fundó el primer monasterio de monjas.

Interior iglesia

En el año 480 nace en Nursia (Italia) san Benito. La situación socio-política es convulsa; a nivel religioso también es difícil. Teniendo esta realidad como telón de fondo, san Benito funda el Monasterio de Montecasino y escribe una Regla orientada a un fin: “no anteponer absolutamente nada al amor de Cristo” (RB 72,11). El monacato benedictino se extendió por todo lo que hoy llamamos Europa y contribuyó al desarrollo espiritual, cultural y laboral de sus habitantes. San Benito es considerado el padre del monacato occidental.

En el año 1098 nace en Francia dentro del tronco de la familia benedictina la orden cisterciense.



Espiritualidad

ORACIÓN

Oracion

“Orad constantemente” (1Tes 5,17). Desde siempre éste ha sido, y es, el anhelo de la vida monástica: hacer de nuestra existencia una oración continua, estar en comunión con el Señor. Orar es experimentar que nuestra vida está transida de la Presencia de Dios, es abrirnos a esta Presencia y vivir en continua comunión con ella.

 

 

LITURGIA

Liturgia

"Nada se anteponga a la obra de Dios” (RB 43,3). La oración comunitaria de las horas es alabanza al Creador por Él mismo y por la belleza de la creación; es alabanza por la vida de la humanidad y la propia vida. La realidad personal y social, sin embargo, se nos presenta dura, desgarradora. En los salmos encontramos todos los sentimientos que el ser humano puede experimentar en su interior, y se los presentamos a Dios con la confianza de que la última palabra no la tiene el dolor y la muerte sino Él que es la Vida.

LECTIO DIVINA

 

Lectio

“Al leer la Biblia, los Padres no leían los textos, sino a Cristo vivo, y Cristo les hablaba” (P. Evdokimov). Y Dios sigue hablando cada vez que escuchamos la Sagrada  Escritura con el corazón abierto. Conocemos a Dios y, a su luz, conocemos nuestra verdad más profunda y se establece un diálogo de corazón a corazón. La Palabra de Dios que es “viva y eficaz”(Heb 4,12) nos transforma y nos modela según el querer de Dios.

 

OBEDIENCIA

Exterior Monasterio

“La obediencia es propia de quienes nada estiman  más que a Cristo... del cual, dice el Apóstol,  se hizo obediente hasta la muerte” (cf. RB 5,2; 7,34). Obedeciendo, por tanto, seguimos las huellas de Cristo. La obediencia de Cristo al Padre fue libre y por amor. Así debe ser la nuestra: desde la libertad y por amor. Obedecemos a Dios y para ello aceptamos las mediaciones humanas que  nos muestran su voluntad.

ASCESIS

"Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6,21). Mediante la ascesis, es decir, la disciplina de vida, la sobriedad en el uso de las cosas, en el comer... podemos encauzar todo nuestro ser al fin que nos propone san Benito: “no anteponer absolutamente nada al amor de Cristo” (RB 72,11). La ascesis que no conduce a la mística (comunión con el Misterio, Dios) no tiene sentido, pero no se llega a la mística sin la ascesis.

COMUNIDAD

Claustro

Las monjas cistercienses somos cenobitas. Cenobita significa: vida en comunión. Dios es quien nos convoca y nos da el don de la comunión con Él y con las hermanas. Una y otra están indefectiblemente unidas. El amor es la base de la vida comunitaria, expresión del amor de Dios. El Espíritu es el artífice de la vida comunitaria.  Nuestro anhelo ser un "solo corazón y una sola alma, teniendo todo en común” (cf. Hch 4,32).

 

SILENCIO

Fuente claustro

Para escuchar tenemos que acallar primero todo el ruido que llevamos dentro; la escucha se restaura en el Silencio. El silencio nos posibilita el tener el oído abierto a Dios y a nuestros semejantes. Favorece el recuerdo de Dios y la comunión fraterna, abre la mente a las inspiraciones del Espíritu Santo, estimula la atención del corazón y la oración solitaria con Dios. “Esforcémonos primero por callar. De ahí nacerá en nosotros lo que nos conducirá al silencio. Que Dios te dé entonces sentir lo que nace del silencio. Si obras así, no sabría expresarte la luz que se alzará en ti, ni el placer que experimentará tu corazón” (San Isaac el Sirio).

 

SOLEDAD

Campana

Todo ser humano necesita un espacio de soledad para encontrarse a sí mismo. Un espacio donde reconocerse, aceptarse y en consecuencia, amarse. Este amor a uno mismo nada tiene que ver con el narcisismo y el egoísmo. El monje, la monja, sabe que en la soledad no sólo se encuentra con sus luces y sombras, como ocurre a todos los seres humanos; sabe también que es lugar privilegiado de encuentro con Dios. En la soledad  se encuentra tú a tú con Dios. “La llevaré al desierto y le hablaré al corazón” (Os 2,16 ). Nuestra soledad es una soledad habitada, es gozosa pero no siempre cómoda; nos impulsa a no encerrarnos en nosotras mismas; nos capacita para el encuentro con nuestros hermanos.

 

Trabajo

 TRABAJO

"Son verdaderos monjes cuando viven del trabajo de sus propias manos” (RB 48,8). A través del trabajo nos ganamos el sustento para no ser gravosas a nadie; colaboramos en la buena marcha de nuestra sociedad y nos solidarizamos con el resto de los trabajadores; glorificamos a Dios participando en la obra divina de la creación

Monasterio Cisterciense Santa Maria de la Caridad. Tulebras. (Navarra).E-mail: info@monasteriodetulebras.com