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Queridos Amig@s:
La Noche de Pascua Es la noche santa, los cristianos renovamos nuestras promesas bautismales, y en muchas partes del mundo, los catecúmenos son incorporados a la familia de los hijos de Dios.
Esta es una noche muy especial para todos nosotr@s y desde luego, mucho más para los niñ@s que van a ser bautizados lo más probable es que estén deseando que tanta cosa rara que les están haciendo se termine de una vez; pero lo entiendan o no, es una fiesta Grande.
Así que en nombre de todos los que en ésta noche de la Pascua estamos haciendo de madrinas y padrinos, os queremos hacer un regalo. Y se me ocurre que como ya es tarde, os podríamos contar un cuento de los de antes de ir a dormir (si es que a estas alturas no estáis ya completamente dormidos).
Así que éste es el cuento para acostar a dos niños a quienes trajeron a bautizar en medio de un montón de amigos, el día que celebraban la fiesta del Espíritu Santo, (el nombre que Dios usa cuando viene a vernos). Aquella noche a los dos peques les hicieron un montón de cosas que sólo consiguieron ponerles de mal humor. Así que el susodicho Espíritu, que como era su fiesta estaba por allí pululando (como casi siempre), se coló entre los encajes y susurro al oído de los peques una historia sobre el viento, el agua, el fuego y el aceite, que les ayudará a entender todas las cosas raras que les estaban haciendo. Y mientras tanto los peques se quedaron atentos, haciendo como que estaban dormidos.
El Espíritu eligió un cuento australiano, no por nada especial sino porque en Australia hay muchos bichos simpáticos y hay que aprovechar estas ocasiones para que los niños aprendan a conectar con la problemática del medio ambiente.

Había una vez un mar azul, azul y profundo y en él una enorme ballena muy muy azul, que resultó que justo en el momento del cuento tuvo un precioso bebé de siete toneladas, al que puso de nombre Renato. Y desde el instante en que nació, su mami le empujaba hacia arriba, porque el ballenato Renato insistía en irse hacia abajo en su deseo de explorar el fondo del mar. Y Renato, que llevaba muy poco tiempo de vida, no entendía por qué su mamá era tan pesada. (pesada en el sentido de insistente); por qué no le dejaba hacer lo que él quería y pensó que vivir era bastante fastidioso y se puso triste bajo el agua.
Justo al mismo tiempo mamá Canguro venía saltando por la sabana. Empezaba a estar cansada porque el cangurito que llevaba dentro de la bolsa ya pesaba bastante. Pero si ella estaba cansada de saltos, no os quiero ni contar lo que opinaba el canguro Arturo que es el que iba dentro de la bolsa.
Después de cuatro meses ya estaba más bien crecidito y harto de estar todo el día hecho un ovillo, a oscuras y venga revolverse dentro de aquella bolsa peluda con tetillas, que le pringaban el ojo de leche a cada salto. Y Arturo también pensaba que si aquello era vivir, la vida era un asco; y sin entender por qué a él le tocaba aquello, se puso triste.
Dos metros más allí de donde Mamá Canguro se paró para tomarse un respiro con vistas al mar, enterrado en un banco de arena, había un huevo de lagarto que estaba allí solo. Las lagartas, como su nombre indica, se dedican a conocer mundo y son madres muy poco solicitas. Y a base de estar en la arena tibia, al huevo solitario se le cumplieron los días. Algo dentro empezó a moverse. Rompió la cáscara y a duras penas, con la boca y los ojillos llenos arena y casi medio ahogada, Ana Marta la lagarta puso por primera vez sus palmeadas patitas en la superficie. Como hacía un frío que pelaba y se sentía sola y congelada, se puso muy triste a falta de chupete, se puso a chuparse la punta de la cola.
Por allí cerca, entre el montón de hojas y ramas que crecían en el manglar, también había alguien que, como Ana Marta, echaba de menos a su mamá. La colibrí Noemí llevaba un montón de horas sin verla, lo que significaba que nada de jugoso néctar de flores ni para desayunar ni para comer. Tenía muchísima hambre y estaba triste y sola apoyada contra el borde de su nido en forma de huevo.
Entonces, Dios que pasaba por allí como quien no quiere la cosa, vio a todos aquellos pequeñines (porque Dios, a pesar de sus años todavía tiene muy buena vista y no se le escapa nada de nada); decía que vio a todos aquellos peques tristes que pensaban que la vida era difícil y dura. Y Dios, que quiere que todos estemos contentos, empezó a bailar en el cielo y fijaos lo que pasó entonces: dando vueltas y más vueltas Dios levantó un aire ligero, fresco y alegre que fue cogiendo cuerpo hasta que rizó la superficie del mar azul.
En ese momento el ballenato Renato cedía a las presiones de mamá y, aunque no estaba nada convencido, subía a la superficie a tomar su primera bocanada de aire. Y Renato descubrió que el aire del exterior que Dios agitaba para él era estupendo. Y chorreando alegría por el cogote comprendió que no podría vivir sin él para bucear explorando el fondo del mar.
El viento del baile de Dios siguió soplando y arremolinó las nubes que se hicieron más oscuras y fueron engordando y al llegar a las costas comenzaron a soltar una lluvia fina que poco a poco se fue haciendo más intensa. Y justo cuando el Canguro Arturo, harto ya de su bolsa, decidió sacar el morrillo afuera para echar un vistazo, las gotas de agua fresca y limpia le quitaron las legañas y lavaron de sus bigotes el sabor de la leche rancia. Arturo el canguro sonrió a la lluvia que le hacía sentirse tan bien, y aprendió que en ella estaba la mano suave de Dios.
A las nubes les salieron agujetas de tanto reír agua y decidieron irse a bailar con Dios. Entonces salió el sol en el horizonte. Redondo y amarillo fue ganando espacio a las sombras, hasta que llegó a la cola y luego a los deditos y por fin a la cabeza de la pobre lagarta Ana Marta, que ya se estaba poniendo morada de frío. Y con el sol en sus escamas, Ana Marta recuperó su brillante color verde. Estiró sus patitas, arqueó la cola y se escurrió deslizándose por la arena mirando a aquel amigo de fuego que le devolvía la vitalidad y la vida, mientras le hablaba del calor del cariño de Dios.
Con tanta agua y sol las flores de la selva comenzaron a abrirse una tras otra y de pronto, las sombras verdes se llenaron de todos los colores del mundo. La solitaria colibrí Noemí no podía creer lo que veía desde su nido artísticamente camuflado con musgo caqui. Allí enfrente, se estaba abriendo una enorme orquídea blanca y aunque el cuento no aclara si fue porque le pareció maravillosa o porque decidió que ya era la hora de la merienda, el caso es que, sin pensarlo, se lanzó hacia ella y se encontró agitando las alas a toda velocidad, en dirección a aquel delicioso olor a néctar. Hundió su pico en el aceite denso y dulzón que le esperaba sin estrenar y ya sin ruidos en el estómago se sintió feliz y haciendo prácticas de vuelo se fue a buscar a su madre.
Entonces Dios, recostado en su cojín de nubes, vio felices a los cuatro pequeñines y decidió que a partir de ese momento, el soplo del aire, el agua, el fuego y el aceite, serían algunos de sus elementos favoritos, porque a través de ellos hacía felices a sus criaturas.

Y aunque de momento (y esperemos que nunca) veáis que no tenéis orejas peludas como el canguro Arturo para acariciar el cogote de Dios; ni cola, como la lagarta Ana Marta, para hacer cosquillas a Dios en la tripilla; ni tampoco chorro en el cogote, como el ballenato Renato para poder refrescar los pies a Dios; ni siquiera alas, como la colibrí Noemí para rozar con cariño sus mejillas … …

…os deseamos que descubráis que tenéis tantas maneras de poder decir a Dios que le queréis, como Él tiene de demostrároslo en el aire, el agua, el fuego, los aceites y en tantas otras cosas que el mundo os ofrece de su mano.
Que durmáis bien

¡¡¡FELIZ PASCUA!!!

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